Lo único que queda
Definitivamente, estamos en el país de no saber y no querer. Los que están, no tienen ni pajolera idea – y les da igual- y los que esperan, simulando que les importa algo más, tienen más miedo que vergüenza.
Me sorprende y enerva que el que está al acecho no quiera cacho y sólo desee y espere que el contrincante se la pegue. Y así estamos, mientras tanto, sin una reforma que llevarse a la boca para empezar a llenar el vacío bolsillo. Se están retratando de lo lindo con sus lindezas los que están y los que ansían llegar y ya hay verdaderos problemas para elegir, si no es por la inercia de que el cambio sólo puede venir de la alternancia y no de la alternativa, por desgracia masiva.
Ni emitiendo por la nueva televisión que no deja miccionar esa serie de historia no lejana, toman nota estos artistas del ni quiero, ni sé, ni puedo.
No hay tiempo que perder porque ya se ha esfumado tanto que espero que no sea la mayoría del que se gozaba. Y es que, además de arruinar, cansa. No podemos concentrarnos en otra cosa que no sea criticar el trabajo de unos que deja sin el suyo a casi cinco millones de españolitos de a pie – pronto no se podrá ni arrancar el coche-. Las caras llegan hasta el suelo y la lengua está más seca que la mojama, si no fuera por los improperios que salen de las bocas, que ahora menos que nunca, no deben estar cerradas.
Todas la tertulias en las que se blablabla deberían celebrarse en otros proscenios abiertos al aire libre a ver si así llegan las ideas frescas y claras, porque frescos ya tenemos un montón y no sólo el del barrio.
No voy a desfallecer en el empeño de jurar en hebreo día sí y mes también hasta que llegue el año en que esta nación de nacioncitas recupere el esplendor desaparecido como una exhalación en menos tiempo que hoy se pierde el puesto de trabajo. Es lo único que me queda.
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